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20141105

El otro chisme 27: [Eso sirve de nada]*

Transbordó en el metro Chabacano, venía del gran tianguis de la ciudad: Tepito. Acababa de realizar sus compras navideñas. Caminaba cansado por la gran caminata que había hecho en búsqueda de los presentes, pero entusiasmado por los grandes ahorros que había hecho en los regalos que llevaba consigo. Abordó el tren con dirección Taxqueña. En el metro Xola se desocuparon algunos asientos por lo que pudo sacar su celular y revisar en Twitter de lo que se había perdido en el día. Todo estaba dentro de la normalidad: chismes, chistes, memes… en fin todo lo que en el mundo de las redes sociales es común. Sin embargo, hubo una foto que le causó particular atención: dos bomberos estaban de espaldas, uno caminaba hacia la derecha, mientras que el otro sostenía una manguera que arrojaba agua sobre un enorme árbol de navidad en llamas. Reconoció ese árbol, era el que habían puesto sobre la avenida Reforma, una de las principales de la ciudad.

Primero pensó que ya se había desatado la revolución en su país; pero después sonrió irónicamente y aliviado para sí, pensando que eso jamás podría pasar. Quiso investigar más sobre el hecho, pero había llegado la hora de transbordar en Ermita, y en la línea 12 no llegaba la señal a su celular. En todo el camino siguió pensando en las razones que tuvieron las personas que incendiaron el árbol. Sentía repulsión por ellos, pensando que eran unos ignorantes que se dejaban llevar como borregos por tonterías.

Al bajar en el metro Periférico Oriente, que era su destino, observó que en los torniquetes había un grupo reducido de jóvenes, algunos años menores que él, que traían pancartas y protestaban, por el alza de la tarifa en el metro, exhortando a los usuarios a no pagar el pasaje y brincarse el torniquete o pasarlo por debajo. Pensó que eran unos buenos para nada que mejor se deberían poner a trabajar y no andar de revoltosos.

En su casa aún no había alguien. Por lo que aprovechó el tiempo para envolver los regalos que había comprado para su madre y hermanas. Él era el mayor de tres hermanos, por lo que era el orgullo de la familia por haber terminado una carrera y haber entrado a trabajar en la delegación como asistente del delegado, aunque su trabajo se limitara a sacar copias, agendar citas, pedir la sala de juntas, tomar minutas. Cuando terminó de envolver los regalos, encendió la televisión y pudo ver, en el noticiero, que el árbol había sido incendiado por anarquistas en la marcha, que se había hecho por el alza del metro, No dijo algo, pero movió la cabeza en forma negativa y pensó que eso servía de nada para el país y sólo provoca más problemas y caos vial.

Su madre fue la siguiente en llegar, regresaba del supermercado con la despensa de la quincena. Siguió su hermana, la menor, que regresaba del cine. Sin embargo, la hermana mediana no regresaba. Y no regresaría, había sido violada y su cuerpo yacía sin vida en un baldío, a unos cuantos kilómetros de ahí; pero ellos no lo sabrían hasta algunos días después. Al ver que llegaba la madrugada y no regresaba a su casa, fueron al Ministerio Público a informar de la desaparición, pero les informaron que debían dejar pasar unos días, porque a esa edad es común que se vayan con el novio. El hermano advirtió que era asistente del delegado, pero no le hicieron caso y le dijeron que viniera después del tiempo que le señalaban, que no se preocupara.

Pasaron los tres días que les pedían y volvieron a ir al MP, más preocupados que unos días antes, ahí les pidieron una fotografía de la desaparecida y dónde se le había visto por última vez; les indicaron que dejaran todo en sus manos y que se fueran con calma a casa. Sin embargo la familia comenzó a investigar y supieron que la última vez que se vio a la niña fue cuando entraba al metro acompañada de una persona con un traje negro. Afortunadamente en ese sitio había cámaras o ellos así lo pensaron, porque al llegar al MP les dijeron que las cámaras se borran automáticamente a los cinco días, que debían haber ido antes, que por qué dejaron pasar tanto tiempo.

Días después, se encontró el cadáver de la niña y se le dio sepultura. El hermano, al regresar del entierro, quiso caminar por la colonia. En una esquina, se encontró con un amigo de la secundaria, que no veía desde hace tiempo, al cual saludó con desgano. El amigo lo abrazó y con notable alegría le dijo que le daba mucho gusto por ellos, porque ya fueran dos los que trabajaran en la delegación. Él asombrado, y sacado de su letargo, le dijo con impaciencia que por qué decía eso, a lo que su amigo le contestó que había visto a su hermana hace algunos días con su jefe en el metro. No dejó que siguiera la conversación y corrió por la ciudad hasta la delegación para increpar a su jefe. Cuando el hermano le gritaba amenazante que le dijera qué hacía con su hermana, su jefe le contestó pausado y tranquilo que él no tenía nada que ver y que cuidara sus palabras, que recordara con quién estaba hablando. En el MP, le dijeron no podían hacer algo contra el mero delegado y que mejor borrará esa estúpida idea de la cabeza.

Al salir, fue a la ferretería compró gasolina, aceite y franela. Afuera de un Oxxo, se tomó dos cervezas Indio desechables y se guardó los envases. En una cabina telefónica llenó las botellas de gasolina y aceite y les metió un trozo de franela. Caminó hacía el MP, encendió las molotov y las aventó con todas sus fuerzas...

*Publicado originalmente en: http://bloquemag.blogspot.mx/2013/12/eso-sirve-de-nada.html

20110425

El otro chisme 26: [Un vuelo comercial ]

Cuando ella despertó, se encontraba sentada en la quinta fila de la clase turista, entre dos señoras viejas, que aún dormitaban. En los asientos traseros, jugaban tres hombres cartas; parecía que se conocían desde antes de abordar el avión, porque platicaban y reían a carcajadas. Ese día, ella y los demás pasajeros vestían muy elegantes, como si fueran o vinieran de una fiesta; se podía ver camisas almidonadas, vestidos largos, zapatos lustrados, bufandas de seda y hasta smokings.

No recordaba cómo había llegado a ese vuelo. Un día antes o unas horas antes; realmente, no sabía cuánto tiempo había pasado desde que se encontraba en la cocina de su casa. Eran las seis de la mañana, cuando estaba preparando el desayuno para sus tres hijas, aún no era hora de despertarlas, pero quería que el cereal, la fruta y el jugo de naranja estuvieran listos, para cuando ellas despertaran. A las siete en punto, ellas entraron a la cocina, se sentaron en el pequeño antecomedor y comieron con la tranquilidad de siempre, como queriendo alargar el tiempo previo a la entrada escolar. Ella recordaba que las había ido a dejar a la escuela y… ¡ya!, hasta ahí recordaba.

Cuando las dos mujeres que la flanqueaban en el avión despertaron, arrojó sobre ellas todas sus dudas; ¿Qué hago aquí?, ¿a dónde vamos?, ¿quiénes son ustedes?, ¿de dónde venimos?, ¿dónde estamos? Una de ellas, la de más edad, le dijo; Tranquila, todo a su tiempo. ¡No!, no puedo esperar; le respondió a la señora. ¡Está bien!, si quieres saberlo, yo te lo diré; le dijo la otra señora; Todas las personas, que ves en este avión, están muertas; murieron en esta semana; este vuelo es la forma en que uno llega al otro mundo, a Mictlán, a Echeide, a Uku Pacha, a Patal, a Tuma, al Cielo, no sé cómo lo conozcas o quieras llamarle, pero vamos a donde, realmente, comenzamos a vivir; así que ponte cómoda y disfruta de la vista. Ella se quedó paralizada, no recordaba cómo había muerto; suponía que había sido de un infarto de regreso a casa, o, probablemente, una bala pérdida; no recordaba nada. A lo lejos, se oían voces que comentaban ¿Cómo fue tu muerte?; Morí en un accidente; ¿Y tú?; Yo tuve una complicación con un tumor en la cabeza; Yo morí de viejo; A mí, me asaltaron y me mataron. Se oían toda clase de historia de muertes; y ella se empezaba a desesperar por no recordar la suya. Al voltear a la ventanilla, pudo apreciar los colores del cielo, propios del atardecer, esa mezcla infinita de rojos, azules y blancos, que a ella tranquilizó…

Cuando ella despertó, se encontraba sentada en la quinta fila de la clase turista, entre dos señoras viejas. En los asientos traseros, jugaban tres hombres cartas; parecía que se conocían desde antes de abordar el avión, porque platicaban y reían a carcajadas. La señora de más edad, que le había movido el brazo para que despertara dijo; Anda que ya llegamos a donde te dijimos, por fin vas a conocer la vida eterna…

20110421

El otro chisme 25: [La historia de Ernesto Gómez Ortega]

En esta ocasión, les quiero contar la historia de mi mejor amigo, Ernesto Gómez Ortega, sí, aunque parezca gracioso, ese es su nombre, sino, ¿cómo se podría llamar? No recuerdo muy bien cuándo lo conocí, pero toda la vida hemos sido inseparables. De esas veces que dicen “esos dos son uña y mugre”; aunque había personas que decía que no deberíamos estar juntos, que era mala nuestra amistad; hecho que no nos importaba y seguíamos tan unidos como siempre. Él es una persona un poco obesa, porque pedía comida a toda hora; si íbamos al mercado quería una fruta o pedazo de chicharrón; antes de entrar al cine pedía las palomitas más grandes; pero su mayor gozo era ir al supermercado para aceptar de las degustaciones que siempre hay. Sabía que su insaciable hambre era parte de su naturaleza; por lo cual, siempre lo apoyaba en conseguir algo que comer; o, simplemente, le daba de lo que me tocaba comer. Al contrario de Ernesto, yo soy delgado; siento que se debe a que como muy poco. Pero juntos formábamos un 10 perfecto, en todas sus acepciones. Realmente, yo era feliz de que él estuviera siempre a mi lado, era parte de mí. Ernesto por su misma naturaleza era una persona un poco aislada, no tenía otros amigos ni conocidos, aunque, de que había otros como él, los había; es más, yo creo que había muchos como él. En una ocasión, estábamos dormidos y en la madrugada se despertó llorando: tenía hambre; y sí, a esa hora salí de la casa y caminé por la avenida principal hasta llegar a uno de esos minimercados que están abiertos toda la noche, bueno, tienen una ventanita por donde se piden las cosas, y le compré algo de comer, para que estuviera satisfecho. Por desgracia al regresar, Ernesto se había suicidado, ¿por qué? no lo logré entender, si siempre lo alimentaba como debe de ser. Pero al menos, ahora era libre y por fin podría comer un poco mejor…

-o-

En este punto de la lectura, si usted apreciable lector ha sido un poco perspicaz, debería de haber juntado las iniciales del protagonista de esta historia y darse cuenta que dicen “E.G.O.” y por lo tanto, suponer que Ernesto es el ego del narrador, y que cada que se habla de comida es la metáfora perfecta de cómo las personas alimentamos a nuestros egos para que seamos un poco más felices; pero siéntese y espere la gran desilusión, el narrador es el ego del protagonista…

20110417

El otro chisme 24: [Una historia digna de contarse…]

Él es Adolfo, una persona muy interesante con una historia digna de contarse y ser escuchada. De pequeño era muy aislado, y no le gustaba jugar con sus similares, de hecho no le gustaba jugar con nadie. Al entrar al colegio, se burlaba de los niños que lloraban por no querer entrar a clases; él le decía a su mamá que parecían bebés. Las vacaciones eran la etapa que más disfrutaba, al igual que los demás niños de su edad; pero al contrario de los otros, él las disfrutaba porque no tenía que convivir con sus compañeros; aunque esta felicidad nadie la notara en esa cara adusta. Sus padres pensaban que, el que fuera aislado era consecuencia de los quince cambios de casa en menos de 10 años; pero estaban seguros que al entrar a la secundaria Adolfito dejaría de comportarse de esa manera. Deja que tenga novia y vas a ver cómo le quita lo calladito y tímido; decía su padre. Su madre se preocupaba un poco más por él y quería llevarlo a un médico; pero al tenerle miedo a su esposo, no hacía nada por el niño.

En toda su vida escolar, se repitió la historia: siempre aislado y con su eterno desagrado por conversar con las personas que le rodeaban. Sin embargo, cuando tenía doce años, Adolfo me conoció y su vida cambio un poco, ya que, conmigo si platicaba; y su inexpresividad cambió: se le podía ver reír y, a veces, hasta llorar. En una ocasión, me contó que no le gustaban las personas, porque le daban asco, incluyendo a él mismo; que lo mejor era no dirigirles la palabra, para no tener que escuchar las estupideces que brotaban de sus bocas. Las personas son seres que, solamente, buscan perjudicar y dañar a su prójimo, me da nausea su comportamiento, parecen perros de pelea; solo quieren matarse entre sí; decía Adolfo cuando se sinceraba conmigo.

En un descuido de su padre, su madre, lo llevó al doctor. En el hospital le hicieron algunos estudios del corazón, de la lengua, de los ojos, de las manos, de la cabeza. Los primeros diagnósticos decían que, al haber nacido de siete meses, no se desarrollo a la perfección su sentido del habla y que a eso se debía su aislamiento. Adolfo en cada visita al hospital moría de risa al ver a los doctores preguntarle cosas absurdas como ¿estás enamorado de la niña más guapa y no te hace caso?, ¿en la escuela tu maestro te toca tus testículos?, ¿te gustan los hombres?, ¿tu padre te pega?, ¿extrañas tu primera casa?; él les dirigía una mirada sardónica y movía la cabeza en negatividad. El diagnóstico definitivo fue…

— ¡Shhh!, no puedes decir esa palabra, está prohibida — me interrumpió Adolfo.
— ¿Cuál palabra? — le respondí.
— La que empieza con ele.
— Y, ¿por qué está prohibida?, ¿quién la prohibió?
— Ellos, los que no quieren que diga la verdad acerca de la humanidad.
— Sabes bien que no existen tales personas.
— ¡Cállate! No quiero escucharte
— Soy tu único amigo y tienes que escucharme toda la vida. Porque sabes bien que vivo en tu cabeza…

20110413

El otro chisme 23: [Rutinas]

Sí, ya sabía, que un día ibas a venir visitarme. Me lo esperaba, pues. Hoy, cuando abrí los ojos, me puse a pensar que ya estaba cansado. Diario es lo mismo. Me levanto, como siempre a las seis de la mañana en punto. Quito las cobijas de encima de mi cuerpo. Busco mis huaraches debajo de la cama, y como siempre no encuentro el derecho. Me tallo los ojos, hasta aclarar mi vista; a esta edad, ya empieza a fallar todo el cuerpo, sí, ya se, aún no estoy viejo, cuarenta y nueve años son pocos; pero mañana es mi cumpleaños número cincuenta. ¿No quieres un vinito?, está bien, será para la otra, pensé que te gustaba el vino tinto. A los cincuenta años, uno llega con ganas de dejarse comer por el mundo, ya no es lo mismo que antes. Ya no puedo desayunar huevo estrellado, como en mi juventud, por eso del colesterol. Ya no puedo tomar Coca Cola, por la diabetes. Ya no puedo fumar, por mis pulmones; bueno, realmente, nunca me ha gustado fumar, pero tampoco puedo hacerlo, si ahora quisiera. ¿Qué te estaba platicando?, ¡ah sí!, el por qué estoy cansado. A lo mejor no sea tanto el cansancio, más bien, estoy harto de esta vida que me toco. O que me diste. ¿Qué?, ¿que tú no das vida, solo la quitas? Siempre había pensado que el dador de vida, era el que la quitaba. Ramón hace una pausa en el diálogo con la muerte; se revuelve en la silla del restaurant, mientras muerde con toda la tranquilidad del mundo el mollete que ordenó, toma un sorbo de café y hace una pausa antes de continuar la charla.

Ramón recuerda, que en la mañana, mientras secaba cada uno de los dedos de sus pies con delicadeza y esmero, la muerte tocó la puerta de su casa. Al abrir, ella dijo Hola, quiero platicar contigo, ¿me acompañas al restaurante que está enfrente de la Catedral? En la pregunta de la muerte no cabía un No. Estaba frente a la mismísima muerte y con ella no hay opciones. Aunque por cordialidad, la muerte siempre pide permiso. Caminaron callados por la avenida principal de la ciudad. La muerte caminaba con parsimonia, llevaba la vista fija al frente, como si supiera, exactamente, cuál era su destino. Y en realidad, ella sabía que su destino era llevar gente a la otra vida; aunque suene paradójico. Ramón, expresaba en su caminar la extrañeza — no era para menos, estaba caminando a lado de la muerte —; veía pasar corriendo a las madres que agarraban a los niños como si fueran papalote, para llevarlos al kínder o a la primaria. La muerte, al contrario de lo que se piensa, vestía de un impecable traje negro con camisa y corbata del mismo color, zapatos brillantes, que parecía que los habían boleado y pulido por más de una hora — podría asegurar que te reflejabas en ellos —; su rostro era blanco, mas no pálido, hasta se podría decir que estaba un poco chapeado; su cabello era corto, no como militar, sino simplemente corto; sus ojos eran de un café verdoso, que si los observabas con detenimiento, te perdías en su inmensidad. Ramón, al contrario de ella, se había puesto lo primero que encontró en el ropero: pantalón café un poco arrugado, camisa beige sin corbata y sin ceñir al pantalón, chamarra de pana negra y zapatos cafés. Al llegar al restaurante, la muerte eligió una mesa en la parte externa del lugar. Se sentaron uno frente al otro, y ordenaron, Ramón molletes y café, y ella, jugo de naranja y fruta.

Toda mi vida he vivido sólo, continuó Ramón, y pensaba que así era feliz. Sin embargo, me ha hecho falta alguien con quien compartir mis pesados días en el trabajo. En la empresa, desde que se empezaron a jubilar los veteranos, se ha llenado de púberes sin experiencia, que sienten saber de la vida. ¿Sabes?, me molesta escuchar sus ideas brillantes, que más bien, son paráfrasis de los libros de texto de sus escuelas. Ya les he dicho, que no se puede cambiar el mundo de un día para otro. Sí, ya se, así me veía veinticinco años atrás. Pero yo era distinto, me tomaba las cosas con calma, me gustaba pensar bien las estrategias que iba a implementar. Y ¡veme ahora!, estoy subordinado a un pinche chamaco nalgas meadas, ¡jaja!, hace tantos años que no ocupa esa frase. Hasta podría ponerla como epitafio “aquí yace un ex chamaco nalgas meadas”. Cuando decidí vivir sólo, disfrutaba del aislamiento, de poder sentarme en la computadora y escribir historias, de dibujar, de leer; recuerdo que leí todas las novelas de Benedetti y Taibo Segundo; lástima que se tuvieran que morir. Bueno, todos algún día nos tenemos que morir, ¿no? Pensaba que al tener un departamento podría tener una vida desenfrenada, llena de lujuria; y ¿cuál?, solo iban a mi casa los gorrones de mis amigos cuando necesitaban donde tomarse una copa gratis. Ahora que estoy, aquí, frente a ti, me pongo a pensar que nadie me va a extrañar, no tengo esposa ni hijos. Y a lo mejor, sea lo mejor, ¿no crees?, me voy a ir sin dejarle un pesar a alguien.

Ramón termina su café y pide, inmediatamente, otro; siente que su deber es alargar lo más que se pueda el desayuno. La muerte mastica con una calma, que parece eterna, cada trozo de fruta del tazón que solicitó. Los comensales de alrededor, no se imaginan quién es ella, solo observan a dos hombres maduros conservar como si fueran grandes amigos; a lo mucho notan un poco de nerviosismo en el de la chamarra de pana, porque se pasa la mano una y otra vez por el pantalón, como si quisiera plancharlo, y observa a cada rato a los compañeros de local; al contrario del que porta el traje negro, que mira fijamente a su acompañante y come con gran tranquilidad.

Y, ¿esto duele?, digo, para prepararme para la partida, nunca pensé que la muerte fuera tan amable; continúa Ramón. Digo, es importante estar preparado, mentalmente, para la partida, para ese último adiós. Y puedo despedirme de… Sí, la verdad, no tengo de quién despedirme. Es más, hace mucho que no platicaba con alguien, como hoy. Creo, que el hartazgo en mi vida hubiera amainado, si tuviese con quien platicar. Pero, así es la vida y fue lo que yo elegí, ¿no? Hoy, en la noche, hubiera llegado a prender la televisión, mientras espero que comience el noticiero, revisaría mis correos electrónicos urgentes, que seguramente me enviarían al salir de mi jornada, haría un poco de coraje por la ineptitud de mis nuevos jefes y su dependencia secreta a mis consejos; entraría al baño y mearía con tranquilidad, en tanto pienso y evaluó otro día en mi vida, y concluiría, lo que habitualmente concluyo: estoy harto de esta vida. Al comenzar el noticiero, me taparía hasta la barbilla, esperando que llegará el sueño; ese eterno ausente durante mi juventud y que ahora es mi fiel compañía. Esperaría soñar con mis años mozos, pero a estas alturas, ya no recuerdo mis sueños, solo lo siento como un pequeño y rápido acto de abrir y cerrar los ojos, en el que al otro día me despierto con el mismo cansancio con el que me acosté. Así que estoy preparado.

La muerte le da la mano a Ramón y le dice, No vine por ti, sólo vine a platicar contigo; yo también estoy harto de esta vida que elegí o que me dieron, aún no lo sé; y me gustó mucho charlar con alguien como tú; ¿podríamos repetirlo la otra semana?, por cierto ¡feliz cumpleaños!...

20110406

El otro chisme 22: [Sueños planos y convexos]

I

Le era de esas personas que, puntualmente, salía a correr cuando el crepúsculo se aproximaba. Regresaba, se bañaba, y observaba la luna en su esplendor, mientras agradecía un día más de vida. Esa era su rutina matutina; así como la de la mayoría de su pueblo. En aquel poblado, la vida era agitada, se construían puentes y caminos por doquier; la mayoría de los habitantes estaban solteros, ya que era mal visto casarse y tener hijos; se decía que aquel que se casaba perdía su individualidad. Pero este pequeño detalle no era sinónimo de aburrimiento, ya que, las relaciones sexuales entre los habitantes, eran incentivadas por la gobernante; uno de los programas sociales más exitosos era la esterilización de todos los pequeños que se compraban en el supermercado y a los cuales el gobierno les proveía de alimento y educación, hasta tener edad para ser productivos a sus congéneres.

Al regreso del trabajo, era la obsesión de Le, poner una silla en la azotea de su casa y observar la puesta del Sol hasta que anocheciera, mientras degustaba de una humeante taza de café. Esos momentos los ocupaba para recordar sus sueños. Había un sueño en particular que le agradaba y obsesionaba con demasía: soñaba con una mujer muy bella que vivía en un mundo muy extraño y de ficción, donde el sol salía de día y la luna al anochecer. Se preguntaba si podía existir aquel extraordinario mundo; y si en aquel lugar existiría aquella mujer, a la que había bautizado como Alle. Al terminar su café, metía la silla a su casa, se tapaba hasta el cuello y se mentalizaba para soñar con ella.

II

— Mira, ¿qué es eso? — preguntaba Alle, mientras observaba desde su balcón al horizonte, donde se percibía, confusamente, a un hombre que tomaba una taza de café en la azotea de una casa.
— ¡No se!, y no me interesa — respondía su mamá — y, ¡ya apúrate!, que es demasiado tarde — añadía para incitarla a apurar el paso, para que se fuera a la escuela.

Ella vivía en un mundo de sueños: siempre estaba distraída y contemplaba el horizonte desde su ventana, tomaba un bloc de hojas blancas y dibujaba los reflejos que la luz del sol incidían sobre sus ojos, al contemplar por varios minutos, directamente, la corona solar. Era la única diversión permitida por su madre, que no quería que saliera más allá de donde sus ojos veían. Aquel día que divisó al hombre de la taza de café, se obsesionó con dibujarlo en su bloc; aunque eran unos trazos confusos, para ella era un hombre interesante al que le gustaría conocer.

III

Hablando de cosas interesantes, sería agradable poder unir la vida de Le y Alle; pero no existían en el mismo plano. Cada uno tenía una vida atrapada en un mundo inexistente. Es más, creo que sería mejor eliminar a esos personajes y escribir otro tipo de cuento. O, ¿qué opinas?

Apagué la computadora, me puse una sudadera y salí a buscar un poco de aire fresco; ese viento típico de época otoñal al atardecer, que tanto disfruto. Por desgracia, estábamos en plena primavera y faltaba mucho para que cayera la tarde. Necesitaba escribir el mejor cuento de mi vida; ese era mi propósito: mejorar, con creces, a todo lo escrito con anterioridad.

Necesitaba un lugar que me incitara a pensar en un buen cuento, así que decidí abordar el metro, aprovechando su aire acondicionado; tal vez, y viendo las caras de las personas, escuchando pedazos de sus historias, podía tener la base para escribir algo interesante.

En la estación Hidalgo, el metro se encontraba semivacío, algo inusual en ese transporte a medio día. Por lo que, en la larga banca de metal —de estos nuevos trenes— en la que iba sentado, había varios lugares vacíos. Uno de esos lugares fue ocupado por un hombre, de apariencia joven, que si no fuera por su gran abrigo de borrega pasaría desapercibido.

IV

— Hola — me saludó aquel hombre que sostenía un vaso de café, de esos que venden en los minisúper.
— Hola, ¿tienes frío? — le respondí, y aproveche para indagar acerca de su atuendo.
— Sí, un poco.
— Pero hace mucho calor y el aire acondicionado solo refresca, no es para que tengas frío
— De donde vengo, se acostumbra a taparse cuando está el sol.
— ¡Ah, disculpa!, no sabía que no eras de aquí.
— No te preocupes, no eres el primero que me observa un poco raro.
— Y, ¿a dónde vas? — le pregunté esperando encontrar en él una buena historia para mi cuento.
— A buscar a Alle.
— Y, ¿quién es Alle?
— Es una mujer que vive del otro lado de la ciudad, pero que en realidad, no conozco; solo la he soñado.
— Y ¿cómo sabes que existe?
— Realmente, no lo sé, pero lo presiento — me contestó mientras descendía en la última estación, y añadió — por cierto me llamó Le.

V

Cuando Le llegó a la central de camiones, abordó el próximo autobús donde encontró lugares disponibles. Como el trayecto era largo, se quedó dormido, hasta que la mano del chofer lo movió para avisarle que habían llegado.

Salió corriendo de la pequeña central de autobuses a la que había llegado, las construcciones de aquel lugar eran coloniales y contrastaban con los edificios modernos de su pueblo. Pero lo que buscaba estaba doblando la esquina: ahí estaba la casa, el balcón, la silla, la mujer, el bloc, los dibujos… ahí estaba Alle…

20110309

El otro chisme 21: [miércoles de ceniza]

[Prólogo] Al abrir la puerta, aquel miércoles, le entregaron un paquete pequeño cuadrado; como de diez centímetros…

Ellos sentían ser la pareja ideal, de esas que uno ve y dice “son perfectos el uno para el otro”. Se conocieron una tarde en una de las avenidas más cuidadas y arregladas de su ciudad; Él no sabía cómo empezar una plática con Ella; Ella solo reía por la forma insistente y tímida con la que Él la veía; al final Él solo le dijo “Gracias por la sonrisa”.

Después de ese intercambio de sonrisas y miradas, se volvieron esa pareja perfecta. Iban a casi todos lados juntos; se entendían y comprendían a la perfección; no eran iguales, pero si complementarios; decían que sus corazones eran uno del otro. Sus mundos eran uno solo: el de ellos.

Pero como todas las historias reales de amor, el idilio terminó, cuando a Él le ofrecieron una beca en otro país y tuvo que cambiar de residencia; y como suele suceder en estas leyendas de la vida cotidiana, Ella no pudo viajar y se quedo extrañándolo. A los pocos meses se enteró de que Él murió de una extraña enfermedad que contrajo en aquellos lugares.

[Epílogo] En aquel paquete encontró un montoncito de cenizas y una nota anexa que decía: mi corazón siempre será tuyo…

20110302

El otro chisme 20: [la ventana]

Nuevamente, hubo un reto: a partir de la siguiente foto, hacer un cuento...




[Prologo] Ella vive en un departamento colindante a la gran ciudad; eligió ese sitio porque así no se alejaba del ajetreo de la ciudad, pero estaba lo suficientemente aislada para que no la absorbiera; y cuando quería podía ser una simple espectadora del espectáculo de la sociedad urbana.

Una luz cegadora la hizo despertar de su profundo sueño, la luz del alba penetraba a través de sus parpados. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el azul profundo del cielo, coronado con unas nubes que parecían hechas de algodón. Por un momento, se sintió en el paraíso, pero las imágenes de su día anterior se le arremolinaban en la cabeza.

El día anterior, había decidido buscar, en el parque, un árbol que le diera sombra y pudiera leer con tranquilidad. Al encontrar la banca se dio cuenta que no era necesario la sombra del árbol: el cielo estaba opaco, las nubes habían invadido el azul, que por lo regular, reinaba en la ciudad…

Cuando recibió aquella llamada, los ojos se le llenaron de lágrimas, sintió que el mundo se le venía encima, que el gris del cielo había presagiado la tragedia, que el cuerpo perdía su fuerza, que la vida había dejado de tener sentido…

Corrió al hospital, donde su hijo agonizaba; lo encontró aún con vida, pero inconsciente. Había tenido un accidente en el transporte público: se subieron a asaltar el camión donde él iba, y su instinto de supervivencia lo orillo a aventarse a la vía pública con el camión en movimiento; al caer al asfalto, fue arrollado por otro automóvil que iba pasando junto al camión.

En la tarde, lo dieron por fallecido...

[Epilogo] Al despertar vio que en la ventana aún estaba su celular - que ahora maldecía por haber sido el portador de la trágica noticia -, los pañuelos que limpiaron sus lagrimas, los vasos que ocupó para tomar agua y refrescar su garganta, que se cerraba a cada instante producto de sus sollozos, y su bolsa con el libro que dejaría inconcluso. A través de la ventana, se apreciaba el inmenso cielo azul, que la hizo entender que la vida tenía que continuar.

*Foto de MuCi...

20101016

El otro chisme 19: [una escena típica]

[tenía mucho que no escribía un cuento, espero este sea de su agrado...]


Esta es una historia típica del México contemporáneo, salpicada de derroche de poder y corrupción; es la historia de Fidelio Márquez “Don Fide”, un hombre que nació en Canelas, Durango; desde pequeño aprendió el negocio del cultivo de la mariguana y los repartos en avioneta. La primera vez que se presentó en casa de los Coronel, familia de gran tradición en el negocio, dijo Me llamó Fidelio, que significa aquel que es digno de confianza; y efectivamente, se ganó a tal grado la confianza de los Coronel, que llegó a ser el encargado de las negociaciones con el gobierno de Durango; y más tarde fue enviado a la Ciudad de México para supervisar las tienditas y negociar una tregua con la Secretaría de Seguridad Pública para lograr un embarque de algunas toneladas de polvo blanco de Sudamérica.

Al llegar a la capital del país, se instaló en un lujoso hotel de la Colonia Roma, quería estar cerca de sus encargos y de la diversión; le encantaban las mujeres, la banda y el tequila Don Julio. La primera noche, amaneció en un hotel de Insurgentes, al que no se acordaba como había llegado, pero estaba en medio de dos hermosas mujeres jóvenes, y sus plebes tras la puerta, esperando su salida. En toda la semana siguiente a su llegada, se repitió la misma escena: noche de farra, distintas habitaciones de hotel y mujeres de todas formas, tamaños y colores, al despertar.

Poder concertar la cita con el Subsecretario de Prevención y Participación Ciudadana, tuvo que pasar por toda la red de burocracia institucional, que cualquier narco, que ostente de serlo, tiene que pasar; y una semana después pudo presentarse en el despacho del subse en Reforma. Estuvo metido alrededor de tres horas en una impresionante sala, con una mesa oval de caoba y sillones ejecutivos de piel, decorada con reproducciones del acta de independencia y la constitución de 1917.

Al salir del edificio de la Secretaría, Don Fide vio el Ángel y se sintió grande y poderoso, acababa de lograr que desapareciera la Policía Federal por una semana del triangulo dorado de Durango; al comunicárselo a la familia Coronel, le avisaron que su cuenta había crecido unos cuantos ceros más, que lo esperaban con gusto de vuelta en Canelas, pero que se tomará unos días, que estaban muy agradecidos por sus gestiones. Ese viernes se sentía dueño de México, llegó a un congal y pidió que se cerrara solo para ser atendido para él y sus fieles plebes. Esa noche le sirvieron del tequila más añejo que había en la cava del dueño, le cambiaban cada hora a las mujeres que lo acompañaban y todos sus deseos y caprichos fueron atendidos solícitos de su voz.

¡Un momento!, el último párrafo es una gran mentira, aquel viernes, Fidelio, salió que se lo llevaba la chingada, el subse no aceptó su propuesta, quería el doble del dinero ofrecido, y así ya no salía el negocio, los Coronel habían sido enfáticos acerca del pago: no podemos ofrecer más porque estamos ofreciendo más de la mitad de la ganancia. Al salir del edificio de Reforma, no contestó su celular, no quería escuchar los reclamos de los Coronel. Se encerró en su hotel de la Condesa y mandó a sus plebes a buscar un escritor de segunda que le escribiera una historia exitosa antes de su segura muerte al llegar a Canelas, por haber fallado…

20100312

El otro chisme 18: [¿y los payasos?]

[o, el regreso a la ciudad perdida]


- ¿Y tu, qué haces aquí?
- vine a visitarte, nuevamente
- ¡ah si!, y ¿por qué?
- ¿qué, no te da gusto?
- claro que si, pero, me sorprende tu visita
- ¿no me habías extrañado?
- bastante
- se oye, en tu voz, un dejo de desgano; si quieres me voy
- no es desgano, es sorpresa, ya te lo había dicho
- ¿seguro?
- claro que si; por cierto, ¿y, dónde están los payasos?
- ¿te gustó que anoche te visitara?
- ¿por qué te fijaste en mi gordura?
- vine a platicar un rato contigo
- ¿te has fijado que la realidad, ahora, es muy distinta?
- la realidad siempre es distinta, si no, no fuera realidad
- pero tu, estas igual que la vez pasada.
- ¿y quién te dijo que yo era real?
- ¿y los payasos?
- ¿y por qué has engordado tanto?, anoche, ya no me respondiste
- me tuve que ir
- ¿te fuiste o te llevaron?
- eso, yo no lo decido
- y ahora, que yo decidiera venir a visitarte, ¿te agrado?
- y, ¿por qué no te has quitado esa toalla?
- ¿quieres verme sin ella?
- no me desagradaría, pero, ¿si vuelven a salir lo payasos?
- ¿tienes miedo?
- un poco
- aquí, no deberías tenerlo; aquí es otra la realidad
- eso lo noto, tu atuendo cambia a cada segundo
- una vez te dije que me ibas a ver con toda mi ropa
- nunca pensé que todo pudiera pasar en un momento
- es hora de que te vayas
- ¿por qué tan pronto?
- porque aquí, ya se termino tu tiempo
- y, ¿cuándo te volveré a ver?
- en un rato más...

20100122

El otro chisme 17 [mi entrevista imposible]

Al ver al personaje que tendrás que entrevistar, rezongarás y, tal vez, maldecirás el momento. Sin embargo, empezarás a buscar más información sobre el personaje y a planear la entrevista: el lugar, el día, la hora, tu vestimenta. Comprarás, un día antes de la entrevista, una pequeña libreta para realizar tus apuntes y una pluma negra de gel, de tu marca preferida: Pentel. Ocuparás, nuevamente, tu celular para grabar la entrevista. Pensarás en la manera de ganarte la confianza de tu entrevistado; y, sobre todo, en las preguntas que le vas a hacer al día siguiente. Pensarás, toda la noche, en las dichosas preguntas…

Te levantarás un poco tarde, derivado de la noche en vela por el pensamiento de las preguntas. Verás el reloj y correrás a bañarte. Te vestirás como siempre: un pantalón de mezclilla, una playera y tu - eterna - sudadera azul de Argentina; dejando de lado tu vestimenta que habías planeado: pantalón de vestir, camisa y corbata y suéter. Saldrás de tu casa caminando a prisa, correrás al llegar a Tlalpan, comprarás un boleto de viaje en la estación Portales, abordarás el metro en dirección Cuatro Caminos, descenderás en la estación Zócalo, cruzarás la Plaza de la Constitución, caminarás por 16 de septiembre hasta llegar al Starbucks revisarás tu reloj y verás que llegaste 15 minutos tarde. Te sentarás en las mesas que están en la terracita. Verás como llega tu entrevistado, 3 minutos después que tú. Te reconocerá y se sentará enfrente de ti. Lo saludarás con un pequeño esbozo de sonrisa. Sacarás tu celular y lo mirarás a los ojos…

Tu corazón latirá un con un poco de fuerza, señal de tu nerviosismo. Le dirás: hola, ¿cómo estás? Él te contestará “¿Cómo esta esto de la entrevista?, carnal”; notarás ese pequeño estilo en su habla, característico de las personas de barrio. Le explicarás que la haces para tu tarea de la Universidad. Y comenzarás con una pregunta, que buscará ganarse su confianza: ¿Qué música te gusta? Te verá a los ojos y se le dibujará una pequeña sonrisa burlona en su rostro; rematando con “en realidad tengo un gusto musical muy variado; te lo puedo ejemplificar con algunos nombres de los grupos que traigo en mi iPod – notarás que saca un iPod Touch de su bolsa y que al revisarlo se le vuelve a escapar otra sonrisa -, por ejemplo: Muse, Tokio Ska Paradise Orchestra, Damas Gratis, Infected Mushroom, La Arrolladora, entre muchos otros”. Advertirás la trivialidad de tu pregunta, por lo que continuarás con una pregunta que pueda darte para más: y. ¿dónde trabajas?; te contestará “en Fonart, es una instituto que maneja un programa social de la Sedesol; ahí soy el asesor del Director de Operaciones”. Atacarás, inmediatamente, con una pregunta que busca obtener una opinión: ¿qué piensas del desarrollo social en México? Se llevará una mano a la mejilla y se la rascará, desviará la mirada un poco y al volverse a cruzar con la tuya comenzará: “verás, a mi me parece que, para empezar, el desarrollo social en nuestro país ha sido utilizado como una plataforma política, y desgraciadamente no tiene un plan de largo plazo y, sobre todo, de largo alcance; es decir, siento que, el desarrollo social no tiene una visión y no esta encaminada a, realmente, combatir la pobreza, sino a solo repartir un apoyo y ya – se quedará callado un momento, pero notarás que quiere agregar algo más- y sabes ¿dónde radica, a mi parecer, el principal problema?”; esperará un poco tu respuesta, pero sin dejarte contestar añadirá: “desgraciadamente, los puestos estratégicos son regalados, si así lo quieres ver, a personas ajenas al desarrollo social y sobre todo a la realidad de México; ya que, por lo regular, son personas que creen que el país esta bien y que si hay algún problema se resuelva con modelos o metodologías lejanas, completamente, a las necesidades de la gente; y si, a esto le agregas que, muchos de los funcionarios públicos desconocen la normatividad aplicable, verás que resulta que del desarrollo social los únicos que resultan beneficiados son los funcionarios públicos”. Tendrás, en ese momento, la oportunidad de hacerle una crítica: entonces, ¿tú eres de esas personas beneficiadas? Te verá un poco confundido, pero empezará con su respuesta “no, en mi modo de ver la vida, creo que lo más fácil es criticar, el problema o el verdadero reto, estriba en buscar la solución a eso que tanto criticas; por lo que, en mi trabajo trato de que las cosas se desarrollen de acuerdo y para lo que fueron concebidas, ya que, es el dinero que se ocupa es de todos los mexicanos y lo mínimo que puedes hacer es usarlo adecuadamente“. Le contestarás que estas de acuerdo, y tratarás de explorar otras facetas de la personalidad de tu entrevistado; le preguntarás acerca de sus pasatiempos; verás como su semblante se tranquiliza y contestará, de modo alegre “me encanta dibujar, leer y, a veces, intento escribir”. Verás que se abre una puerta: ¿Cuáles son tus sueños?, a lo que él contestará “sueño con ser un narcotraficante famoso y muy cabrón”, e inmediatamente, soltará la carcajada y añadirá “no es broma, en realidad me llama mucho la atención el poder que tienen esas personas, me gusta la transgresión que hacen de las leyes e instituciones del país, y siento que puedo desempeñar un buen papel como capo de la mafia”, nuevamente soltará una gran carcajada y rematará “sin embargo, me gustaría escribir cuentos y una novela”. Le preguntarás acerca de sus lecturas y sus autores preferidos. Él te contestará que son varios sus autores preferidos, pero que si tuviera que elegir a uno, sin duda, sería Mario Benedetti. Le harás notar que has leído sus otros chismes que publica en su blog, a través de tu siguiente pregunta: ¿Por qué te gusta tanto, el tema de la muerte en tus relatos? Le agradará el escuchar que has leídos sus textos y te explicará “me causa mucha curiosidad el tema de la muerte, me gustaría saber que pasa con los pensamientos cuando el cuerpo se muere; además que este año asistí a dos funerales: el de mi primer jefe en Fonart y el de mi primo”. Callará un momento y bajará la mirada, por lo que, esperarás un poco a que enfrente ese duelo.

Sentirás que es tiempo de finalizar la entrevista, por lo que, harás una última pregunta: ¿Cuándo vas a realizar esta entrevista? Él te contestará “realmente, esta entrevista nunca va a pasar; solo somos parte de un pensamiento, de una meditación, de un cabildeo en la cabeza de Christopher”…

20091229

El otro chisme 16: [En los sillones blancos]

[Antes de que acabará el año quería escribir este pequeño cuento-entrevista que se me ocurrió desde la semana pasada]


Al salir del metro, el frío calaba en mi cara, ya que las dos sudaderas que traía protegían bastante bien mi torso. Caminé a prisa a mi casa, necesitaba un poquito calor; aunque me gusta mucho el frío. Al llegar a casa, como diario acostumbro hacerlo, revisé las noticias del Universal en el iPod. Al leer “Muere ‘El Barbas’, jefe de los Beltrán” un escalofrío recorrió mi espina dorsal.

En la escuela, en la materia de Géneros Periodísticos I, nos habían dejado de tarea una entrevista informativa, por lo que, pensé, que sería interesante ir a Cuernavaca a obtener mi entrevista. Agarré mi celular para poder usarlo como grabadora y mi cámara para poder tomar algunas fotos. Caminé unas cuadras y le pedí a mi papá que me prestará su coche; aunque puso un poco de resistencia terminó cediendo.

Tomé Tlalpan, ya que era la única salida que conocía para Cuernavaca, hasta la autopista México-Cuernavaca. Al llegar al Monumento a la Paz, las calles estaban llenas de militares. En el reten, que estaba en el entronque de la avenida de Domingo Diez y la avenida Poder Legislativo, los periodistas se arremolinaban para poder pasar. En medio de la confusión y el caos, pude colarme con ellos; aunque de ahí en adelante el camino fue a pie. El movimiento de militares en el desarrollo Altitude era impresionante. Al entrar no tenía ni idea de quien podría ayudarme o a quien podría entrevistar. Los militares no me daban mucha confianza, de hecho me daban miedo. Y los periodistas no querían compartir sus notas con un estudiante como yo.

Caminé un poco sobre los grandes jardines del desarrollo en busca de la persona adecuada para las preguntas. En unos sillones blancos, que estaban resguardados por una especie de palapa, estaba sentada una persona que no traía el atuendo militar ni los accesorios que identifican a un periodista. Vestía de pantalón de mezclilla, playera gris y zapatos tipo “crocs” blancos. Al acercarme, me miró un poco extraño, pero no se inmutó al verme sentado a unos metros de él. Después de tranquilizarme un poco, decidí acercarme a hacerle algunas preguntas.

Tal y como la maestra nos dijo en clase: me traté de ganar su confianza primero. Le pregunté cómo se sentía; a lo que me contestó que sentía mucho frío, pero que sentía una gran tranquilidad. Su tranquilidad me pareció irónica, ya que todo el rededor era un verdadero caos. Me dijo que se llamaba Marcos y que él sentía que no había hecho nada malo. Al fondo de los silloncitos blancos, estaban 6 hombres sentados en el piso con las manos entrelazadas y con la mirada en el piso. Le pregunté el por qué decía eso; me respondió que él solo quería trabajar en paz y que la propuesta que les había hecho no le parecía que estuviera mal. Su rostro lucía una desaliñada y corta barba. Me contó que esperaba que no se fuera a desatar una guerra por su culpa. Los militares y periodistas pasaban por el jardín, no reparaban en nosotros, como si no les interesara la entrevista que le estaba haciendo. Me confesó que realmente le gustaban más las norteñas románticas que los narcocorridos. Empecé a sentir mucho frío, aún y con las dos sudaderas que no me había quitado en ningún momento. Me platicó que le causaba un poco de curiosidad la situación. Al terminar esa frase, se levantó y se dirigió a los hombres del fondo, le agarró el hombro a uno y le dijo que era hora de retirarse. Me acerque a despedirme de ellos, y al verlos de cerca me di cuenta que sus playeras, al igual que la de Marcos, estaban llenas de sangre. Me dijo que si no quería irme con ellos; le dije que no, que tenía que regresar a mi casa; a lo que contestó que viera mi playera y mis manos. Revisé mi playera y vi una gran mancha de sangre a la altura del corazón; mis manos estaban, igual, llenas de sangre. Regresé, rápidamente, unos pasos hacia la entrada del desarrollo y me percaté que unos reporteros tomaban fotos a un cuerpo, que estaba, en el piso, abatido por una bala perdida en el corazón; aquél cuerpo, era el mío.

20090809

El otro chisme 15: [El Reto]

[El reto para esta redacción fue: una historia romántica, 2 personajes, solamente contaba con 15 minutos ininterrumpidos para redactarla]

I


Aquella noche, al rededor de las 2 de la mañana, abrió repentinamente los ojos; sus manos sudaban y su respiración era algo agitada. No sabia porque de uno de sus ojos rodaba una lágrima. A su mente llegaban demasiados pensamientos, pero no sabia a cual poner atención. Todos se arremolinaban. Cerró los ojos y respiró hondamente. Necesitaba tranquilizarse. Fue a la mesa, donde acostumbraba estar la jarra y se sirvió tres vasos seguidos de agua. Su garganta la sentía seca. Y sus ojos no paraban de llorar, pero inexplicablemente no estaba triste.

Se dirigió a su eterno sillón, y por fin puso sus ideas en claro. Ahora sabía a que se debía la alteración. Tomó otro vaso de agua. Y empezó a sonreír como loco. Y así como estaba, con el vaso vacío en una mano, se volvió a quedar dormido.

Por la mañana sonó su celular, la alarma estaba puesta a las 10 de la mañana. Tomó un baño caliente, aunque a él no le gustaba el agua caliente, pero todo tenia un por qué. Del closet tomo aquel traje que nunca ocupaba, pero que tenía para un día como aquel. Pero solo se puso el pantalón y los zapatos; la camisa, el saco y la corbata tenían que esperar.

En el mercado hizo el pedido que tenía contemplado. Al regresar a su casa, pensó que se había parado muy temprano. Ahora no entendía que haría con esas horas que tenia que consumirse. Revisó una vez más lo planeado, aunque, sabía que ya lo había hecho en más de tres ocasiones. Probablemente fue el cansancio o las largas jornadas de ráfagas de pensamientos, pero se volvió a quedar dormido. Pasó una, dos, tres horas y el no se despertaba. Tenia que despertarse ¡ya!, sus planes en esas condiciones podrían arruinarse...

Del otro lado del mundo, ella caminaba despacio. Aún, no sabía lo que le esperaba. No sabía si estaba preparada. No sabía, si quiera, que tenía que estarlo…

II


Parecía que el destino, le había jugado una mala pasada; había hecho tantos planes, sin embargo uno de ellos no era “quedarse dormido”. El encargo del mercado se encontraba completamente listo. La persona contratada, para apoyarlo, había llegado al lugar adecuado. En pocas palabras, todo estaba de acuerdo al plan. Pero, él seguía dormido, hecho que tergiversaba dicho plan.

Del otro lado del mundo, ella había apresurado su andar, y se encontraba nuevamente en su casa. Un mensaje había recibido, que le había perturbado su tranquilidad. Corrió por las escaleras y prendió su computadora. En su bandeja de entrada se encontraba un mail que le inquietaba. Pero al leerlo, su alma se tranquilizó, aunque no por eso le dejaba de inquietar. Las instrucciones eran claras; de acuerdo al mail, tenía que apresurarse al lugar de siempre y esperar donde siempre. ¿Qué esperaba siempre?, no lo sé. ¿Qué iba esperar ahora?, ella no se lo imaginaba. Al llegar, un gran ramo de diversos tipos de flores la esperaba. Le espantó un poco ese detalle, pero decidió seguir adelante. Una persona de negro se acerco a ella y le dio un sobre blanco, el cual dentro contenía un papel totalmente blanco doblado, acompañado de una fina pluma de tinta negra; al terminar de darle los extraños objetos se alejó. Abrió el sobre y se dio cuenta que estaba completamente blanco.

Al pasar unos minutos otra vez la persona de negro se acercó y le dio un pequeño libro; nuevamente se alejó sin decir nada. Al abrir el libro se encontró con una leyenda: “este es el más grande reto de mi vida; al terminar el pequeño cuento, que aquí aparece, toma la pluma y escribe tu respuesta en la hoja que viene en el sobre blanco. Ella se quedo muy intrigada, pero su curiosidad era tal que apresuro a leer el pequeño cuento, que contenía aquel libro. El cuento relataba una pequeña historia romántica entre dos personas, que por malas decisiones había tenido una pequeña pausa; y al final contenía una pregunta que él le hacia a ella. Al llegar a la pregunta, levantó la mirada y ahí enfrente se encontraba él; un ruido extraño lo había sacado de su sueño y había corrido a donde según los planes tenía que estar: enfrente de ella esperando que terminará el cuento…

La pregunta que venía al final del cuento era: ¿Quieres regresar a mi lado?...

Él miraba con profundidad sus ojos, estaba en espera de la respuesta de ella…

Ella pensó unos segundos, y anotó en el sobre un gran...

[El amor es extraño, inconstante, distinto, multifacetico, bipolar... Tú tienes la respuesta que ella anotó dentro del sobre (en lo comentarios puedes dejarla)... ]

20090723

El otro chisme 14: [Un personaje más]

[Antes de terminar mis veintitrés años, quería escribir un último relato]



Te encuentras en medio de una gran confusión; más grande que la vivida días antes. Te sientes débil, sediento e inquieto; tu respiración se acelera.

Esos últimos días, no sabías que hacer con tu vida: tenías muchas variables y no sabías como empezarlas o como terminarlas. Estabas viviendo situaciones, que nunca pensaste que pasarían. Llegaron a tu vida personas, que pensaste ya se habían ido; y se fueron, quienes pensaste nunca se irían. Unos días te sentías en la nubes; otros, en el suelo. Necesitabas ayuda. Pedías que alguien, quien fuera, te rescatara o te ayudará a entender. En un principio, pensabas que era amoroso el problema; con el tiempo viste que no solo era eso. Recuerdos añejados en la memoria venían a ti, como si hubieran estado invernando y ahora tuvieran la necesidad de levantarse y comer; comer tus pensamientos actuales. El pasado se mezclaba con el presente. Tu cabeza daba vueltas y te provocaba un dolor permanente en la zona de las sienes, que te tiraba en cama. Tu desesperación comenzaba a crecer. Necesitabas un respiro. No sabías a quién recurrir: no confiabas en nadie. Recurriste, a quien pensabas era tu amigo inseparable: el alcohol, pero solo provocaba más confusión y más dolores de cabeza. Tu problema siempre fue el hermetismo y las apariencias. Por fuera, parecías un roble; por dentro, eras frágil como árbol seco. Por momentos, te aislabas para medir y sopesar tus pensamientos.

En estos momentos, los mareos y la confusión crecen.

Reflejabas una alegría constante. Eras un especialista en el arte de fingir: gran parte de tu vida lo habías hecho. Sin embargo, cuando ya nadie te veía, mostrabas tu verdadera imagen; una persona derrotada, afligida y confundida. Buscabas escapatorias o soluciones, en esos momentos te daba igual. Solo querías un poco de tranquilidad. Finalmente lo decidiste: dejarías de portar una mascara. Pero, ellos no sabían lo que realmente te pasaba y te buscaban; querían que les explicaras tu cambio de actitud. Estaban acostumbrados a una cara y cuando les presentaste la real: se espantaron. Eso te dolió más. Por lo que al final tomaste otra decisión: escapar, quitarte la vida. Pero, como era de esperarse: no tenías el valor para hacerlo.

Finalmente, ahora estás en un gran charco de sangre, de tu propia sangre. Has perdido la consciencia y la vida. Fui yo, quien te la tuvo que quitar; porque jamás ibas a atreverte; y personajes como el tuyo no sirven para más cuentos...

20090608

El otro chisme 13: [El único secreto que tenía]

[Un secreto en 250 palabras, que por cierto en esta ocasión ocupe menos de 200…]


— Y esta semana, ¿de qué se va a tratar tú redacción?

— De un secreto.

— Qué difícil, ¿no lo crees?

— Ese no es el problema. ¿Sabes cuál es el verdadero problema?

— La verdad es que no tengo ni idea, de que te preocupe.

— El único secreto que tenía, ahora es público.

— Y, ¿cómo esta eso?

— ¿Recuerdas la redacción acerca de: lo más atrevido que he hecho?

— Es donde escribiste acerca de un trío, ¿no?

— Exactamente. Nadie sabía, que esa historia no fue producto de mi imaginación. Esa historia realmente sucedió. Lo único, que hice fue ocupar el segundo nombre de mis protagonistas. Curiosamente, no corrí a contárselo a todo el mundo para enaltecer mi ego. En esa ocasión, les prometí que no diría nada, aunque ellas me dijeron que no había problema. Sin embargo, no sentí adecuado divulgarlo. Entonces, ¿porqué, finalmente, lo hice? No lo se.

— ¿No crees que le diste muchas vueltas al asunto?

— Apoco, ¿no recuerdas que me molesta faltar a mis promesas?

— Bueno, bueno. Y, ¿cómo le vas a hacer con la redacción de esta semana?

— Estoy pensando en hacer un pequeño dialogo.

— Y eso, ¿qué tiene que ver?

— ¿No sabias que me gusta hablar solo?...

20090525

El otro chisme 12: [Una Ciudad Perdida]

[Un gran reto onírico en 250 palabras…]


Me encontraba en una ciudad perdida —esas vecindades que de tan grandes que son parecen una ciudad— donde se supone vivía mi amiga. Estaba exactamente en su cuarto, en su cama y a lado de ella. Charlábamos de algo que no recuerdo. Ahora estamos desvestidos y estoy encima de ella. La penetro poco a poco, porque sé que es un sueño y quiero guardar la sensación para cuando despierte. ¿De quién corremos? No lo sé; pero vamos envueltos en una toalla por la calle que conduce a la casa de mis abuelos. Regresamos nuevamente a la ciudad perdida. Por las ventanas, veo payasos. En una casa, que se supone es donde nos encontrábamos en un principio, veo al papá de mi amiga. ¿De él huíamos? Tengo que recuperar mi ropa, porque no puedo correr envuelto en una toalla. ¿Cómo voy a regresar así a mi casa? ¿Dónde esta mi casa? Mis tenis no aparecen: tendré que correr en calcetas. Sé que me van a lastimar las piedritas de la calle. ¿Dónde se metió mi amiga? ¿Por qué me abandonó en su cuarto? Ahora, cómo llegó a la calle nuevamente sin ser visto por su papá. Estoy solo en una ciudad perdida y me duelen las piernas…

¿Por qué amanezco cansado?, si sólo fue un sueño… ¿O no?

-o-

[Al pequeño recuerdo que guardo de una persona muy especial]

20090505

El otro chisme 11: [¿Cómo salió ese tema a colación en la charla?]

[Lo más atrevido que he hecho o ¿que hubiera querido hacer?, en 250 palabras]


Cinco años atrás, me encontraba amenamente platicando con María, que era algo así como la exnovia de mi mejor amigo. La conversación que teníamos era un poco rutinaria, pero interesante: de los amores anteriores, de los problemas familiares, de los sueños, de las fantasías. ¿Cómo salió ese tema a colación en la charla? No lo recuerdo. Al acercarse la noche, me despedí de María y mi mente comenzó a maquilar un gran plan, que días después le comuniqué. Con ayuda de María el plan se perfeccionó.

Por esos tiempos, tenía una relación sentimental con Isabel, que era algo así como familiar de María. Como cada sábado llegó Isabel y María. Al ver a Isabel, le propuse ir a un hotel. En esa ocasión no había nadie más en donde vivía, por lo que le dije a María que nos acompañara. Al llegar al hotel, el recepcionista nos dejó pasar y nos asignó un cuarto en la planta alta, a pesar de que al entrar nos miró extrañado. Al entrar a la habitación, a falta de botella, comenzamos a jugar volados para realizar o poner retos. Los primeros retos fueron muy tranquilos, pero al pasar los minutos nuestras ropas nos empezaron a abandonar. El frío ambiente del exterior, se apaciguaba con el calor de nuestros cuerpos temerosos. La noche se avecinaba, por lo que solo restaba un reto más. Para el ultimo reto, Isabel le dijo a María: “El lado derecho es mío y el izquierdo tuyo; puedes hacerle lo que quieras, menos besarlo”. El plan resultó mejor de lo planeado.

Meses después María me comentó que ellas siempre habían querido hacerlo, pero no habían encontrado con quién…

20090413

El otro chisme 10: [El final que estaba buscando]

[Lo que quisiera ser o hacer, en 250 palabras]


Aquel día, no me sentía inspirado. En la mañana, revisé el bosquejo una y otra vez. Más tarde, salí a caminar por la colonia. Al cruzar por el Parque San Simón, me pidió un autógrafo —algo que rara vez me pasaba en la colonia— un niño vestido con un uniforme igual al que use en la secundaria. El sol estaba pleno. Aunque odiaba los días calurosos, también me sentía pleno. Recorrí el mercado Portales buscando una sandía con chile y limón: lo mejor para los días calurosos

Por la noche, como en la infancia, me senté en el parabus a ver las luces de los coches que transitaban por Calzada de Tlalpan. Al estar recostado en el sillón, las palabras e ideas empezaron a llegar a mi mente. Anoté en la libreta que siempre cargo en el bolsillo del pantalón aquellas ideas. Prendí la computadora y le di el final que estaba buscando a mi última novela.

Al estar escribiendo, me di cuenta del título de mi novela: el final que estaba buscando. Revisé las notas que acababa de escribir. Estaban escritas en mi cuaderno del segundo semestre del SUA. Releí la novela. Solo era una pequeña redacción de menos de 250 palabras para mi Taller de Redacción. Aún no era un escritor famoso…

20090323

El otro chisme 9: [Al cruzar Eje Central]

[Un encuentro entre dos personas, en 250 palabras]


Corrí a Municipio Libre para alcanzar el microbús. Me senté en el penúltimo asiento de la derecha. Abrí mi mochila. Saqué mis lentes. Busqué las copias que me dejaron leer en la escuela. Me puse a leerlas. Al cruzar Eje Central, una persona corrió tras el micro para alcanzar a subirse. Cuando subió me di cuenta que era bastante parecido a mí: delgado, un poco panzón, con el cabello un poco largo, de tez morena y con grandes ojeras bajo los ojos. Se sentó a lado de mí. Abrió su mochila. Se puso unos lentes. Buscó unas hojas. Y se puso a leerlas. Me pareció bastante curioso que las copias que él leía eran las mismas que yo. Al voltear a verle la cara su mirada estaba en mis copias. Por un instante pensé que todo era un sueño. Saqué un trozo de papel de mi cuaderno y escribí unas líneas. Le di el trozo de papel. Él me dio otro similar. Toqué el timbre dos cuadras antes de Patriotismo. Al bajar él venía tras de mí. Caminé deprisa para esconderme tras la esquina de la calle. Saqué una pequeña navaja automática que cargo “por si las dudas”. Al pasar a lado de mí le atesté la primera de muchas puñaladas. Lo dejé en el piso. Caminé dos cuadras más. Leí el papelito que me dio. Decía: “efectivamente”. Caí al piso por un dolor enorme en el estomago. Por mi boca empezó a salir mucha sangre. Yo le había escrito: “en esta vida no puede haber dos iguales”…

20090318

El otro chisme 8: [Unos pequeños trozos de cinta adhesiva cortada cuidadosamente en forma de moñito]

["En esta ocasión las 250 palabras fueron para redactar un recuerdo de la infancia"]

¿Cuántos años tenías?, ¿ocho o nueve? Estabas cursando el cuarto de primaria seguramente. Aquel día estabas jugando en el salón de clases. No viste quién pero sentiste que te impactaba en la cabeza una goma. No sabías por qué pero tenías la necesidad de regresar la afrenta. Viste en el piso aquella gran goma blanca y rectangular. Corriste a agarrarle. Sin embargo en el camino se cruzó la pata de una banca. Sentiste caer y tu cabeza se impacto en el filo del asiento metálico de otra banca. No te importó. Alcanzaste la goma y la aventaste nuevamente. Sin embargo algo no estaba bien. Se hizo un silencio sepulcral. Los ojos de tus compañeros y maestra se situaban en tu frente. Tu mano apresuró a tocar tu frente y una pequeña oleada caliente te recorrió la espina dorsal. No te dolía pero al ver tu mano sabías que estabas sangrando. La maestra apresuró el paso de tu mano hacia la dirección. Las monjas trataron de curar la herida con unos pequeños trozos de cinta adhesiva cortada cuidadosamente en forma de moñito. Al llegar tu mamá por ti su cara se transformó en preocupación. Estaba molesta porque no la llamaron. Habló a tu padre y le dijo que te llevaría a urgencias. Por tu frente se alcanzaba a ver parte de tu cráneo, al menos eso te decía tu mamá. En urgencias te dieron siete puntadas. Al terminar la doctora de coserte, asistida por tu madre. Preguntaste: ¿y la goma, dónde quedo?